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Yaquis


El territorio que tradicionalmente ocupaba el pueblo Yaqui se extendía por una larga franja costera y de valle al sureste estado de Sonora, México, desde la ribera sur del río Yaqui hasta el cerro Tetakawi, al norte de la actual ciudad de Guaymas. El territorio comprende tres zonas claramente diferenciadas: la serrana de la Sierra del Bacatete; la pesquera de Guásimas y Bahía de Lobos y la de cultivo en el valle de la ribera del río Yaqui.

Los yaquis se denominan así mismo, junto con los mayos, como yoremes, que significa "hombres o personas". Es la etnia indígena más representativa del estado de Sonora, se calculan en un número cercano a los 33.000 componentes, y se caracterizan por el fuerte apego que tienen a su tierra y a sus tradiciones ancestrales. La prueba de ello queda reflejada en su historia, en las guerras que libraron por su supervivencia como pueblo durante más de 50 años. Bajo la dictadura de Porfirio Díaz, a finales del siglo XIX. Fueron perseguidos cruelmente y muchos de ellos deportados a las plantaciones de Yucatán y Quintana Roo, con el tiempo algunos regresaron a sus tierras y otros, tratando de huir del gobierno mexicano, emigraron al otro lado de la frontera con Estados Unidos, a Arizona, donde actualmente el gobierno estadounidense los reconoce como tribu a los 8.000 componentes de la etnia que allí viven.

El idioma yaqui o Jiak Nokpo forma parte del dialecto cáhita, compuesto de tres lenguas, mayo, yaqui y el desaparecido tehueco. El cáhita a su vez pertenece al grupo lingüístico yuco-azteca.

Según algunos estudios etnohistóricos, al grupo cáhita pertenecían 23 núcleos que provenían del río Gila. Se calcula el año 1.300, aproximadamente, como la fecha en la que llegaron al territorio de Sonora. En la época colonial nos tenemos que remontar a 1.607, año en el que tuvieron el primer contacto con los españoles. La historia cuenta que fue Diego Martines de Hurdaide, quien persiguiendo a los mayos, entró en el territorio yaqui. Pero como ya se entiende, para los conquistadores pocas diferencias existirían entre unos y otros, si tenemos en cuenta que lo único importante para los españoles era someter a todos los indígenas. Pese a todo, no parece que resultara como pretendían, o al menos en un principio, porque fueron los yaquis los que sorprendieron a los españoles rodeándolos. Sin embargo, fue gracias a un ardid de Diego Martines de Hurdaide por lo que consiguieron escapar. Desde ese encuentro los yaquis comenzaron a llamar a los españoles con el apodo de yori, los que no respetan la ley tradicional.

Tres años más tarde, después de comprobar los beneficios que encontraron sus vecinos los mayos tras los acuerdos con los conquistadores, fueron ellos los que solicitaron los acuerdos de paz y la llegada de los misioneros jesuitas. En 1.607 llegaron los dos primeros, Fray Andrés Pérez de Rivas y Fray Tomás Basilio, con quienes coincidió un largo periodo de paz. Los congregaron en ocho pueblos y los introdujeron en la ganadería y en algunos cultivos que llevaron de Europa, como el trigo, la vid y las legumbres y a la vez mejoraron sus siembras. Sin duda la evangelización llevada a cabo por los jesuitas dio su resultado, pues hasta la actualidad se mantienen los ritos tal como les enseñaron en el siglo XVII.

No obstante, la llegada de los españoles al continente provocó muchos conflictos, especialmente por la actitud que emprendieron arrebatándoles las tierras a los indígenas, uno de los temas más vergonzosos del proceso de colonización, y en 1.740 surgió el primer levantamiento, junto con los mayos, pimas y ópatas, cuando los blancos pretendieron apoderarse de sus tierras fértiles y usarlos como mano de obra barata. Tras este episodio vendría otro desencuentro, cuando en 1.767 la Corona Española expulsó a los jesuitas de los territorios. Una expulsión que no sentó nada bien a los yaquis, que ante la inconformidad rompieron los acuerdos de paz. Para sofocar el descontento enviaron a los franciscanos como sustitutos, pero no fue suficiente, los yaquis continuaron en rebeldía.

Ya en el siglo XIX, no participaron en la guerra de la independencia, al considerar que no era su guerra, pues se sentían un pueblo independiente. Sin embargo, este siglo resultaría uno de los más negativos para el grupo étnico, cuando en el último tercio surgió la Guerra del Yaqui. Fue una respuesta a la convocatoria abierta para colonizar, por parte del gobierno mexicano, las tierras de los valles del Yaqui y del Mayo. Ni que decir tiene que los indígenas se levantaron en armas en defensa de sus territorios y de su autonomía, pero la batalla de Mazocoba, en 1.900. Fue determinante en la derrota de los yaquis, donde murieron cientos de ellos y más de 300 mujeres y niños fueron hechos prisioneros por el ejército mexicano. A partir de ese momento comenzó la deportación a Yucatan y Quintana Roo, manteniéndose constante hasta 1.911, año en el que comenzaron a regresar de una manera paulatina. Fue durante el gobierno de Lázaro Cárdenas, cuando concedieron y ratificaron a la etnia el dominio de sus tierras

La vivienda tradicional de los yaquis es una estructura de carrizo y adobe, techo de palma, a dos aguas, y suelo de tierra. En la actualidad el cemento y la lámina está tomando protagonismo, cuentan con electricidad, agua potable, teléfono e Internet. Sus economías se apoyan en la ganadería y en los cultivos de trigo, cártamo, soya, alfalfa y hortalizas; también la pesca y la artesanía tienen una relevancia significativa en sus economías.

Los yaquis profesan la religión católica, sincretizada e inculturada con sus tradiciones ancestrales. Poseen un alto sentido de la religiosidad y está presente en gran parte de sus actividades, entre las que sobresale la Danza del Venado, una ejecución simbólica de la caza de este animal, que ha tomado relevancia internacional por su riqueza estética.

Seris


El territorio del pueblo seri tiene su localización geográfica en el Estado de Sonora, México. En la actualidad y principalmente habitan en las poblaciones de Desemboque, municipio de Pitiquito, y Punta Chueca, en el término municipal de Hermosillo, en la costa sonorense. Sin embargo, hubo un tiempo en el que se expandían entre las cadenas montañosas, el desierto de Encinas y el Golfo de California. Sus límites hacia el sur llegaban hasta el río Yaqui, al norte hasta el desierto de Altar, al este a Horcasitas y al oeste hasta ocupar las islas cercanas como Tiburón, San Esteban, Patos y Alcatraz.

Su forma de vida nómada les llevaba a recorrer los catorce municipios actuales del estado, toda Sonora era su territorio. Se dividían en seis bandas que a su vez lo hacían en clanes, sin jefes ni gobernantes, solamente en tiempos de guerra, situaciones difíciles de recolección, caza y pesca, o por algún otro motivo especial, nombraban a quien los dirigiera, al que creían más capacitado para aquella función eventual.

El vocablo seri, que da nombre a la etnia, tiene origen yaqui. Su autodenominación es comcaac, en plural, y cmiique en singular. La lengua de los comcaac es una lengua aislada, que no pertenece a ninguna familia lingüística, sin relación genética a ningún otro idioma. La mayoría de sus componentes son bilingües y mantienen una rica tradición oral que conserva sus tradiciones y cultura. Al contrario de lo que sucede con muchos grupos étnicos, que van perdiendo número de habitantes según pasan los años y por diversas causas, como la dispersión de comunidades o la mescolanza racial, los seris continúan en crecimiento. En el año 1952 fueron registradas 215 personas y en la actualidad superan los 900, según las propias estimaciones de la etnia.

Este pueblo era todo lo contrario a lo que los conquistadores españoles buscaban cuando llegaron al territorio que habitaban, la antítesis, ni su territorio era fácilmente aprovechable, ni tenían riquezas acumuladas, su producción no era lo suficiente como para rentabilizar los gastos de la conquista y ni siquiera eran apropiados como mano de obra para cultivar o para servir. Para sus vidas nómadas no fue necesario que aprendieran o conocieran esas actividades que los españoles demandaban, y precisamente eso fue lo que les permitió mantener sus costumbres y tradiciones intactas hasta hoy.

Sin embargo, esa actitud por falta de interés dio fin con la llegada de los misioneros jesuitas durante el periodo colonial. Entre los religiosos se dieron los contactos más estables, quienes intentaron concentrarlos en pueblos con la intención de evangelizarlos y enseñarles labores agrícolas. Pero fue inútil, sus genes estaban en el desierto y hacia él terminaban por regresar, a su forma de vida ancestral. Supongo que esa actitud libertaria e independiente que lucharon por mantener los comcaac fue lo que les valió para que los catalogaran como grupo belicoso, que se dedicaban al pillaje, al robo y a la matanza del ganado de los blancos.

Un sambenito que colgó de sus espaldas, primero por parte de los españoles y después también por los mexicanos que, ante eso, lucharon contra ellos con políticas de exterminio. Un empeño que casi llegaron a conseguir, reduciendo el grupo considerablemente. Durante esa época no consiguieron evangelizarlos, nunca fueron conquistados, los fueron confinando a una parte de su territorio y obligados a aceptar intercambios comerciales nada ventajosos con los colonizadores.

En el periodo independiente apenas quedaba nada de su organización de bandas, habían conseguido desarticularlas casi en su totalidad y perdido los dominios de sus tierras continentales. Aún así, los dos primeros tercios del siglo XIX fueron los más negativos para la etnia seri. Cuando más fueron perseguidos y prácticamente aniquilados, tanto por los soldados como por rancheros mexicanos. Los que lograron huir de la hostilidad hacia ellos se refugiaron en la isla Tiburón. Sin embargo, este refugio fue perecedero, la falta de agua, animales para la caza y las enfermedades les hizo desistir y abandonar la isla, volviendo a las tierras continentales, primero para ser contratados como temporeros a comerciantes de pescado y rancheros, y después para establecerse definitivamente.

Al contrario que para la mayoría de la sociedad de aquellos tiempos, para los seris fue positiva la crisis de 1929. La mala situación económica provocó grandes migraciones de pobladores empobrecidos hacia el norte y noroeste del país. Esta desbandada social provocó el consumo de pescado y otros productos marinos más baratos que la carne de res y los seris supieron aprovecharse de ello, iniciándose un periodo de cambios en profundidad de su estructura organizativa y cultural. En 1936, y atendiendo sus demandas de apoyo, el presidente Lázaro Cárdenas promovió su organización en cooperativas de pescadores, les proporcionó los equipos necesarios y los concentró en Bahía de Kino. Una efímera localización, porque de nuevo los colonos interfirieron acudiendo al poblado indígena, hasta que se trasladaron a Desemboque. Ya en 1970 les fue reconocido su territorio en mandato del presidente Luis Echeverría, que les dotó en ejido una franja costera de 91.000 hectáreas, para más tarde, en 1975, declarar el Estrecho del Infiernillo como zona de pesca exclusiva seri y serle otorgada simbólicamente la Isla Tiburón, como posesión comunal.

Aunque sus viviendas ya se levantan con bloques de hormigón, aún hoy se pueden ver algunas tradicionales, paravientos de hierbas acomodadas y otros materiales, como carapachos de caguama, encima de un armazón de ocotillo, doblados y amarrados formando una especie de túnel. Son unifamiliares y adecuados para una vida nómada.

Además de la pesca, la artesanía tiene su importancia en la economía de los seris. El tallado de la madera de palo fierro, el tejido de canastas de planta haat (torote o ensangrentado) y la elaboración de collares, de huesos y conchas principalmente, son algunas de estas artesanías.

La tradicional creencia religiosa de los seris es animista. La interpretación que tienen del mundo, sus ritos, fiestas y demás manifestaciones culturales tienen un carácter estrechamente relacionado con la naturaleza y con los aspectos biológicos y sociales del grupo.

Pimas


Los pimas son unas de las etnias más pobres de México, debido a la pobreza de sus suelos y al despojo que han sufrido constantemente. Es difícil ubicarlos en un enclave en concreto, se podría decir que la migración es la particularidad que define a este pueblo que, a opinión de los investigadores, en su mayoría residen en los estados mexicanos de Sonora y Chihuahua: en las rancherías de Yepáchie, municipio de Temósachi, y en Dolores y Mesa Blanca, poblado del municipio de Madera y en la localidad de Pinos Verdes, perteneciente al ejido de Conoachi. También en Arizona, estados Unidos.

Los pimas han ido desapareciendo y mermando en número de componentes poco a poco y por diferentes causas, entre ellas, por la división de su territorio y luego por su asimilación. Fue a partir de la llegada de los españoles cuando la región del territorio se dividió en dos: la Pimeria Alta y la Pimeria Baja. Respecto a esta división territorial histórica el gobierno del estado de Sonora recoge en su página Web, http://www.sonora.gob.mx/: " Los misioneros, con fines juridiscionales, dividieron el territorio pima en dos regiones: la llamada Pimeria Alta que se extendía de sur a norte desde la Misión de Nuestra Señora de los Dolores hasta la confluencia de los ríos Gila y Colorado, comprendiendo los actuales municipios de Altar, Magdalena y parte del de Arizpe y del estado de Arizona, y la Pimeria Baja, que iba desde el río Yaqui hasta la propia misión, abarcando los hoy en día municipios de Hermosillo, Ura y Guaymas. Ambas pimerías formaban la provincia de Sonora dependiente, hasta 1734, de la Nueva Vizcaya. La provincia así, se extendía en una amplia faja de 1500 kilómetros de longitud, aproximadamente".

Cuando llegaron los conquistadores, los pimas, eran un pueblo altamente desarrollado si lo comparamos con otros pueblos y culturas vecinas del desierto. La presencia de los españoles por aquellas tierras se debía a la búsqueda de riqueza y de las siete ciudades de oro (Cibola y Quiriva), pero lo que encontraron no fue otra cosa que pequeñas comunidades sedentarias en la región y que por supuesto trataron de conquistarlas, pero se encontraron con una respuesta hostil que lo evitó. También dice la página Web del estado de Sonora al respecto: "Lo que no logró la espada, lo conquistó, en parte, la cruz. Los frailes jesuitas Kino y Salvatierra lograron establecer, en 1687, la Misión de Nuestra Señora de los Dolores en el poblado indígena de Cosarie, en la ribera del río San Miguel, la que sirvió de base para la evangelización de la Pimeria Alta. En la Baja, los jesuitas Guzmán y Burgencio, fundan a partir de 1616 las misiones de Moris, Yécora y Ures entre otras".

La independencia que disfrutaban frente a los españoles fue un hándicap para la tribu que, por una parte continuaban sin ser sometidos bajo las normas de los recién llegados al territorio y por otras se vieron fuertemente afectados por los ataques que sufrían por parte de los apaches y otras tribus salvajes, al tiempo que los mestizos amenazaban el proceso de despojo de tierras. Este despojo fue una constante a lo largo de varios siglos, hasta que la revolución mexicana les permitió acceder a un sistema ejidal con el reparto agrario, lo que les garantizó la pertenencia de tierras, aunque esto no les ha ayudado a asegurarse herramientas técnicas modernas para poder sacarles un mayor rendimiento y optar a un mejor nivel de vida con el desarrollo.

El término pima proviene de la época en que llegaron los conquistadores, y que significa "no sé", respuesta usada con frecuencia en el encuentro con los españoles. A ellos les gusta llamarse a sí mismos o'ob, que quiere decir "la gente o el pueblo", lo que los distingue de sus parientes los pápagos, "gente del desierto". Su lengua es el pima y pertenece al grupo de lengua pimanas de la familia uto-azteca.

El hecho de que sean un grupo étnico migrante dificulta saber con exactitud el número de habitantes o componentes que suman en la actualidad. Para el gobierno federal mexicano la población estimada es de 861 habitantes, aproximadamente, ahora bien, hay que tener en cuenta que se refiere solamente a los habitantes de lo que sería la Pimeria Baja. La desestimación de este grupo étnico por parte del gobierno federal fuera del territorio de la Pimeria Baja se debe a la falta de datos que hablen de una supuesta pureza racial.

La economía de los pimas se sustenta entre la agricultura y la ganadería, principalmente esta última. Cultivan especialmente el maíz, frijoles y chile, también se alimentan de trigo, y frutas silvestres. La organización social se basa en familias patriarcales y cada una de estas familias es dueña de varias cabezas de ganado mayor, vacas, burros, caballos, borregos, que engordan para venderlos en los pueblos de la región. La artesanía principal, la de la costerí, es elaborada por mujeres. Tejen la palma para fabricar sombreros, cestos, petates y escobas, para el autoconsumo y para venderlos en los mercados.

El estilo seminómada de los pimas hace que tengan por lo general dos casas, una temporal y otra permanente. Esta última tiene cimientos de piedra y paredes de adobe y piedra, no tienen ventanas y consta de una sola puerta; los techos a dos aguas y cubiertos de tejemanil. El suelo es de tierra apisonada y la planta cuadrangular con una sola habitación. La casa temporal se halla en los terrenos de cultivo y la usan durante los periodos de siembra y cosecha.

Los pimas son cristianos en su mayoría, aunque, como casi todos los pueblos indígenas latinoamericanos, con influencias autóctonas ancestrales.

Pápagos


Referente a la historia prehispánica de los pápagos se estima que habitan el desierto de Altar-Yumao de Sonora, México, desde hace más de 3.000 años. Se sabe que por entonces, el desierto, estuvo habitado por pequeños grupos nómadas, cazadores recolectores, que ya conocían el cultivo del maíz. Sin embargo, los restos arqueológicos que se tienen de este grupo étnico datan del año 1.000 de nuestra era, encontrados en los márgenes del Río Gila. También en este primer milenio d. C., se desarrolla la cultura agrícola de los hohokam, dotado de formas complejas de organización y de un elaborado y moderno, para su época, sistema de regadío. Es muy probable que este desarrollo agrícola se diera por dos importantes factores, el de aprender a conservar algunas semillas silvestres que encontraban en el campo y el hallazgo de las llamadas Tinajas de los Pápagos, tres depósitos de agua que, aún hoy, muy rara vez se secan.

El descubrimiento de restos arqueológicos nos hacen pensar que fue el hambre, o la necesidad de alimentarse en un territorio hostil, lo que dio origen al primer asentamiento de esta etnia en detrimento de su anterior forma de vida nómada. Después de los primeros cultivos surgieron los canales que pusieron en práctica para que regaran sus siembras de maíz, frijol, calabaza y algodón.

Los pápagos se autodenominan Tohono O'otham, que quiere decir "gente del desierto", y son los descendientes de los hohokam. Ni que decir tiene que, por un bien tan necesario y escaso a la vez como es el líquido elemento, los problemas con otros grupos étnicos eran frecuentes, una rivalidad que los hizo guerreros por encima de casi todo. Aún así, los pápagos no eran los más belicosos en comparación con otros grupos indígenas que los conquistadores españoles encontraron a su llegada, tanto es así que, al contrario que un poco más al norte, en territorio pápago sí pudieron establecerse las misiones.
De todas maneras, no todo fueron buenas intenciones y pacíficas amistades, el crecimiento de la población mestiza fue lento pero sin pausa hasta que en 1840 se rompió el remanso de paz que regaba la región y, claro está, por el agua tuvo que ser, o al menos fue una de las razones. Tampoco se puede negar que la usurpación y despojo de sus tierras no fuera razón suficiente para que estallara la insurrección indígena.

Luego, en 1948, los pápagos se vieron envueltos en un problema que, no sólo les arrebataban sus tierras, si no que vieron cómo los extranjeros partieron su territorio en dos, dando origen a dos países distintos ajenos a sus voluntades. Con el Tratado de Guadalupe, México perdió la mitad de su territorio frente a los Estados Unidos y los pápagos quedaron separados por una línea fronteriza. La suerte fue dispar para unos y otros, los que quedaron al norte se vieron beneficiados por unos acuerdos en los que el gobierno de los Estados Unidos cedió una zona para la creación de su reserva, en cambio, en México, los conflictos que surgieron a raíz de la insurrección de 1840 no cesaron, es más, tampoco se hizo nada de provecho para lograr esos acuerdos que reconocieran territorio como al otro lado de la frontera. La represión fue tan dura que obligó a muchos pápagos a emigrar a la reserva creada en Estados Unidos, en Arizona, donde se localizan en la actualidad la mayoría de los componentes de este grupo étnico.

El siglo XX tampoco comenzó mejor para los intereses pápagos, durante las dos primeras décadas los colonos, apoyados por el ejército mexicano, les arrebataron las tierras de cultivo de Caborca, Pitiquito y Sonoyta, y no fue hasta 1928 cuando llegó algo de cordura, cuando el presidente Plutarco Elías Calles decretó el ejido Congregación del Pozo Verde, que confirmaba los derechos de los pápagos de esa localidad sobre 2.823 hectáreas de terreno. Más tarde, en las décadas de los 70 y 80 se dotaron las comunidades de Quitavac, Pozo Prieto, San Francisquito y Las Norias, aún así, todo esto no representa ni el 15% del territorio original de los pápagos. En cuanto a población en el Estado de Sonora, se estima que en 1915 existían alrededor de 15.000 miembros de la tribu, en 1980 ya no quedaban más de 400. Las causas más significativas son dos, la emigración a Estados Unidos en busca de trabajo y el mestizaje.

El término pápago deriva de papawi o'otham, modo despectivo utilizado por sus vecinos los ópatas, que quiere decir "gente del frijol o frijoleros". Sin embargo, esta manera de nombrarlos se dió a partir del siglo XIX, en la época de la colonia se les llamaba pimas altos.
Su lengua, Tohono, está estrechamente relacionada con el Pima, junto al que forma la rama pimana de la familia yutoazteca. El idioma de los pápago corre distinta suerte a un lado y al otro de la frontera, mientras que en México cae en desuso, en Arizona la mayoría son bilingües.

Respecto a las viviendas, el tipo más antiguo consistía en una excavación circular de 5 metros de profundidad aproximadamente y diez de ancho, el techo lo construían de ramas de ocotillo y hediondilla, que sostenían con vigas de la corteza del sahuaro, y las paredes escalonadas. Otro tipo de vivienda tradicional es de planta cuadrada, con muros de adobe o piedras y barro, y los techos de paja o carrizo con argamasa. Una particularidad de este tipo de vivienda es la colocación de la puerta de entrada, siempre orientada hacia el poniente.

Principalmente los pápagos viven de la ganadería, también de la agricultura, el trabajo asalariado y la artesanía, ésta última muy solicitada y bien valorada en los Estados Unidos: figuras talladas de madera de mezquite, cestería de palmilla y torote, piezas de barro cocidas en horno elaborado con palos de choya y estiércol, etc.

Su religiosidad se apoya en la adaptación de sus elementos religiosos al cristianismo. Su figura principal es San Francisco, en torno al que giran sus creencias y ritos actuales. San Francisco sincretiza también la imagen de I'Itoy, el Hermano mayor. Los rezos y alabanzas se ofrecen en las capillas levantadas en las rancherías, donde se ubica una imagen del santo. La falta de sacerdotes oficiales provocó que el culto cayera en manos de los propios pápagos u O'otham.

Ópatas (Tegüinas)


Los ópatas o tegüinas actualmente están a punto de desaparecer como unidad étnica unida diferenciada y aunque a principios del siglo XX se contaron en número aproximado a los 500 componentes, en otro tiempo, en el que llegaron al continente los conquistadores españoles, se contaban alrededor de 60.000. Habitaban en las montañas de Sonora, al este y parte central del estado, y al noroeste de Chihuahua, México. El área que ocuparon era extensa, lo que en la actualidad corresponde a casi todos los distritos de Sahuaripa, Moctezuma y partes de Ures y Arizpe, su centro de civilización se situaba en la región Sahuaripa. Era por los poblados de Arizpe, Huépac, Bacoachi, Chinapa, Banámichi, Sinoquipe, Baviácora, Guásavas, Oputo, Bacadéguachi, Nácoru, Bacerac, Bavispe, Guachinera, Oposura, Cumpas, Cuquiárachi, Cúcuta, Teuricatzi, Tepachi, Terrapa, Pipita, Yecora, Nacozari, Batepito y Corodéguachi, por donde se asentaban; a finales de los años 80 muchos ópatas emigraron a los Estados Unidos, a California y norte de Arizona.

Los ópatas también están clasificados en el tronco yuto-nahua o macro-nahua y constituían un grupo de pequeños núcleos emparentado con dialectos diferentes, como los jovas y eudeves, propiamente definidos, que a su vez se clasifican en tegüimas, sonoras, congüinachis, tegüis, sahuaripas, hímeros y guasabas. Estaban considerados como el grupo más numeroso de la entidad y se asentaban en rancherías dispersas muy pobladas. Poco se sabe de su historia prehispánica, es a partir de los cronistas cuando se recogen sus primeros conocimientos respecto a esta etnia. La primera incursión de los conquistadores por los territorios ópatas fue en 1540, cuando Francisco Vázquez Coronado cruzó el territorio de Sonora buscando las ciudades de Cibola y Quivira, después, en 1614, los jesuitas Andrés Pérez de Rivas y Pedro Méndez fundaron las misiones de Sahuaripa, Arivechi y Bacanora, tras la autorización del líder ópata Sisibotari.

Los frecuentes enfrentamientos que tenían con los apaches propició la alianza con los españoles para protegerse de ellos, un mal que provocó otro porque este acercamiento derivó en la llegada de nuevos colonizadores que vieron en aquellas tierras un territorio "tranquilo", en las fértiles tierras se crearon haciendas y explotaron minerales, lo que significó para los indígenas el desalojo de sus territorios, convirtiéndose en peones, aparcaderos o jornaleros, de los colonizadores. Reconocidos como trabajadores y pacíficos, los ópatas fueron el grupo étnico que más rápido se extinguió en Sonora y entre sus causas más importantes estaban los constantes enfrentamientos con los apaches, el alto índice de mortalidad por las epidemias de cólera morbus e influenza y los cambios que generaron la recomposición étnica entre 1678 y 1744, cuando comenzaron a perder sus señas de identidad al mezclarse con otras etnias.

La lengua ópata pertenece al grupo huahuatlano y constituye una de las principales ramas de la familia ópata-tarahumara-pima, también se le denomina Ore, tegüina y sonora. La palabra ópata significa "gente hostil", "enemigos", en lengua pima, impuesto por los pimas cuando se referían a ellos. En los años 20 el proceso de desintegración se había consolidado con la pérdida de cohesión social y formas políticas y religiosas, entre 1922 y 1935, en Tolupa, se registró la muerte de los dos últimos hablantes de la lengua ópata y con ellos la perdida de la lengua materna.

Los ópatas eran trabajadores, laboriosos, y su alimentación se basaba en la agricultura, sus cultivos eran de maíz, frijol, algodón, chile y recolección de frutos y yerbas; la cacería con arco y flechas les proporcionaba carne de venado, conejos y otras piezas pequeñas que enriquecían su dieta; pescaban con red y barbaso. Desde la época de las misiones aprendieron a cuidar ganado y de esta actividad viven actualmente los grupos mestizos en pequeñas cantidades. Las mujeres elaboraban el tejido nativo y la confección de sus vestidos, así como a la fabricación de esteras y sombreros de palma.

Los territorios de los ópatas eran fértiles, situados junto a caudalosos ríos, habitaban pequeños caseríos y sus casas eran de forma rectangular, construidas con piedra y adobe, los techos de cañas, ramas de árbol, zacáte y lodo, fuertes y bien elaboradas.

Los ópatas no adoraban ni reconocían a dioses, no tenían ídolos, ni altares, ni culto, sólo ancianos que reunían los oficios de magos y curanderos, los que enseñaban ciertas doctrinas cuyo objetivo era respetar a la naturaleza y el de dominar los elementos naturales para sacarles buen rendimiento a sus cultivos. Sólo perseguían el provecho particular, sin tomarse ningún cuidado en enseñar lo relacionado con la moral o la virtud.
En las tumbas se ponían todos los vestidos de los difuntos, sus armas, una porción de pinole y una olla de agua. Durante algunos días las madres extraían leche de sus pechos para derramarlos sobre la tumba de sus hijos recién muertos, obedeciendo a la creencia de la supervivencia del alma.






Mayos


El asentamiento de la etnia mayo se localiza entre el norte del Estado de Sinaloa y el sur del Estado de Sonora, México, en los municipios como Álamos, Navojoa, Etchojoa y Huatabampo. Su población indígena se estima en un número cercano a los 75.000 habitantes, el 25% de la población total de la región y algo menos del 4% del estado. Principalmente es en el fértil valle del Río Mayo y el Valle del Fuerte, donde se ubican, repartidos en 242 localidades.

Las primeras evidencias que se tienen sobre asentamientos en la región que lleva el mismo nombre de esta etnia, Mayo, datan del año 180 a. C., en el municipio de Huatabampo, Sonora. Siglos después, cuando llegaron los conquistadores españoles a tierras mexicanas, a los estados de Sonora y Sinaloa, los mayos formaban una confederación con otras etnias cercanas, de la que también formaban parte los apaches, papagos, pimas y yaquis. Esta unión indígena tenía la finalidad de poder defenderse con garantías ante otros pueblos invasores, respetaban sus respectivos territorios y al mismo tiempo mantenían y aseguraban el intercambio cultural y comercial.

En 1531, y después de la conquista de México, los españoles organizaron campañas militares para someter a la región Mayo a la Corona Española, y dos años más tarde, el 4 de julio de 1533, Diego de Guzmán, sobrino del gobernador de la Nueva Galicia, Nuño Beltrán de Guzmán, salió de Culiacán con la orden de descubrir las Siete Ciudades de Cíbola. Sobre la situación de estas ciudades se tenían noticias de que se ubicaban al norte de la Nueva España, al igual que de la existencia de un río que desembocaba en lo que hoy conocemos por el Océano Pacífico. Este río tenía cuatro o cinco leguas de ancho, y en él, los indios, tenían una cadena de hierro que lo atravesaba, para detener las canoas o balsas que por su cause llegasen. Después de que Diego de Guzmán explorase el norte de Sinaloa, se adentró en el Estado de Sonora y el 24 de septiembre de ese mismo año llegó la expedición militar al Río Mayo. Como cabe de esperar los indios mayos no le tributaron un recibimiento pacífico, todo lo contrario, el son con el que recibieron a los extranjeros fue el de guerra, pero al ver la superioridad de éstos pensarían que lo mejor era huir, y eso hicieron.

Éste fue el primer encuentro que tuvieron los nativos mayos y los invasores europeos, pero que huyeran en el primer contacto no significa que fueran sometidos tan fácilmente, esto no ocurrió hasta 1599 y gracias a la mediación de los misioneros jesuitas. La evangelización dio comienzo en el año 1591, con la llegada a Culiacán de los jesuitas Gonzalo de Tapia, Martín Pérez y Pedro Méndez, que unidos en labor y a la prudencia de Diego Martínez de Hurdaide, nombrado Capitán y Justicia Mayor en 1600, contribuyeron a pacificar las intenciones del pueblo mayo con un tratado de paz y alianza ofensiva y defensiva.

A la etnia mayo siempre se le ha tomado por un pueblo pacífico, la población indígena más amigable de todas las culturas habidas en el desierto, esta característica hizo que la cristianización de la tribu se desarrollara sin conflictos sangrientos. Aún así, identificados como pueblo amigable, su desarrollo histórico no fue precisamente un remanso de paz, cuando se consumó la Independencia, los mayos, junto a los yaquis, se vieron involucrados en las luchas internas que se dieron en Sonora, entre los generales Urrea, Gándara y Pequeira, y en las que tuvieron lugar entre las fuerzas liberales y las imperialistas, prolongadas hasta 1866, el mismo año que los franceses abandonaron Sonora, sin embargo, no fue hasta 1868 cuando dieron fin a la sublevación.

Más tarde, durante el periodo del gobierno de Porfirio Díaz, de nuevo los mayos junto a los yaquis, liderados por el indio Cajeme, protagonizaron otra rebelión, cuando fueron atacados y despojados de sus tierras. Esta rebelión fue sofocada a principio del siglo XX y después de veinte años de disputas. En plena revolución mexicana fueron dirigidos por Álvaro Obregón y lograron incorporarse al movimiento por reivindicación de tierras, y, aunque consiguieron sensibilizar a muchos con su actitud valiente, no sería hasta el gobierno de Lázaro Cárdenas, cuando se le reconoció derechos y el reparto agrario les concedió ejidos propios y herramientas para aprovechar las ventajas y posibilidades que les ofrecía el fértil valle del Río Mayo.

Los mayos se autodenominan Yoreme, que significa "el que respeta". La cultura Mayo se considera hermana de la cultura Yaqui, con los que comparten origen, historia y lengua. El idioma Mayo tiene el índice de mono lingüístico Uto-azteca, de la familia Taracahitiana, de la subfamilia Cahita. Es muy poco lo que difiere de la lengua Yaqui, con la que es posible el mutuo entendimiento. Actualmente los mayos son bilingües, con el idioma español.

Los primeros mayos se dedicaron a la cacería, la pesca y la recolección, paulatinamente fueron desarrollando técnicas de agricultura que les permitió asentarse en una amplia zona. Actualmente su principal actividad es la agricultura, producen maíz, cártamo, trigo, frijol y soya, entre otros productos, hasta dos veces al año. La pesca del camarón es otra actividad importante dentro de su producción, junto a la ganadería.
Tienen sus propias autoridades elegidas mediante votación, y respetan su jerarquía a la vez que las leyes civiles mexicanas. Entre ellos predomina la monogamia y el matrimonio endogámico, aunque la influencia de los mestizos les ha llevado a que cada vez y con mayor frecuencia los matrimonios sean exogámicos, al igual que son frecuentes las uniones libres. Entre sus costumbres se hallan tanto el rapto de la novia como la petición de ésta por parte de los padres del novio. Es frecuente acoger a familiares de mayor edad cuando no tienen otras personas que los cuiden.
Sus creencias religiosas se basan en el catolicismo, desde que llegaron los primeros jesuitas a la región.


Kikapúes


El pueblo kikapú proviene de los Estados Unidos de América, al menos eso parece apuntar la historia, que dice que a finales del siglo XVII estaban asentados al sur de Wisconsin. Desde entonces su trayectoria ha sido un tanto inquieta, pues han estado en un ir y venir de un territorio a otro y separándose y volviéndose a unir en grupos, para quedar en la actualidad repartidos en dos países, Estados Unidos y México. Los kikapúes se denominan así mismo kikaapoa, que significa "los que andan por la tierra", y según algunos conocedores y autores de la cultura kikapú deriva de ki wika pa wa, que quiere decir "el que está alrededor" o "el que se mueve, aquí o allá".

Parece que a principios del siglo XVIII se trasladaron al oeste del lago Eire, pero no por mucho tiempo, también todo parece indicar que de nuevo regresaron a Wisconsin, para formar dos grupos, en 1730, y desplazarse hacia el sur; unos, el grupo o banda bermellón se dirigieron hacia Indiana, y el otro, la banda de las Praderas, lo hizo dirección Illinois, donde se asentó. Sin embargo, aunque se dispersaron, ambos grupos se coordinaban pero seguían diferentes políticas y movimientos. A mediados de ese mismo siglo se desplazaron hacia Missouri, donde volvieron a juntarse y desde donde se formó una tercera banda. Desde este estado norteamericano se dividieron y en cada uno de los grupos surgieron nuevos líderes, tomando también diferentes direcciones. Uno de esos grupos se dirigió rumbo a Horton, Kansas, donde continúan asentados en la actualidad; otros eligieron Arkansas y Oklahoma, donde permanecen desde entonces, desde 1800-1832, en las poblaciones de Shawnee y Mcleod.

En 1824, varios grupos de kikapúes y shawnees solicitaron permiso para asentarse en su territorio al alcalde de la ciudad de San Antonio Bexar, en el estado de Texas, perteneciente todavía a la recién constituida República mexicana. Entre las razones existentes estaba la de la ocupación de sus territorios por parte de los anglosajones. El presidente Guadalupe Victoria aceptó aquella petición de los grupos indígenas, pero pocos años después, en 1833, los colonos de Texas dependientes del gobierno de Coahuila se rebelaron y pidieron la independencia, lo que consiguieron entre los años 1846 y 1848.

Los avatares políticos de aquellos años volvieron a dejar al grupo de kikapúes sin un territorio donde echar anclas y asentarse, y de nuevo, en 1850 y junto a los seminoles y mascogos, volvieron a solicitar al gobierno mexicano un territorio donde vivir. Poco tiempo más tarde y después de reunirse con los líderes de los tres grupos indígenas, el presidente mexicano, el general José Joaquín Herrera, aceptó a condición de que los tres pueblos solicitantes defendieran a los pobladores mexicanos de los ataques de los comanches, con 200 guerreros en armas y con sus jefes indios sujetos al mando del ejercito mexicano. Y así fue, como lo cuenta la historia, quedando reflejado en el Acuerdo de la Colonización del 25 de octubre de 1850, el mismo año en el que los kikapúes juraron fidelidad al gobierno de México. Posteriormente, a los dos años, solicitaron el cambio de La Navaja, donde estaban asentados, por el de El Nacimiento, lo que les aceptaron además de admitir como colonos a los familiares kikapúes que estuvieran en territorio norteamericano.

La historia también refleja que la convivencia entre los tres pueblos que pidieron asilo en territorio mexicano, kikapués, seminoles y mascogos, no era un remanso de paz precisamente, pues en 1856 rompieron la alianza y exigieron territorio propio y regularizado, junto a herramientas y animales, para el trabajo. En 1859 los seminoles regresaron a territorio norteamericano, y en 1865, Maximiliano aceptó la petición de los kikapúes de permanecer en la posesión de cuatro sitios de ganado mayor, concedidos por el presidente Manuel Arista. La concesión de las tierras de El Nacimiento también fue reconocida por Benito Juárez, convirtiéndose causa de los enfrentamientos que surgieron con los apaches. En 1870, lo que en principio era colonia militar, El Nacimiento, se convirtió en colonia agrícola bajo las mismas condiciones.

El juramento que hicieron los kikapúes lo cumplieron a lo largo de los años posteriores, defendiendo la frontera de los ataques provenientes de los Estados Unidos, los mismos que le ofrecieron, por parte de su gobierno, trasladarlos a una reserva norteamericana con tal de apartarlos de la frontera ante la tenaz defensa que de ella hacían, ofrecimiento que los kikapúes rechazaron. En 1873 un pueblo kikapú fue atacado por 500 soldados estadounidenses al mando del coronel Mackenzie, mientras los hombres se encontraban de cacería, mataron a 16 personas y secuestraron a otras 39, trasladados a los Estados Unidos, entre los que se encontraban mujeres, niños y ancianos. Los kikapúes formaron concejo de guerra para perseguir a los invasores asesinos por el desierto de Chihuahua y el gobierno mexicano interpuso reclamaciones diplomáticas y ofreció a los invasores el regreso voluntario de los kikapúes si a cambio regresaban sus mujeres e hijos secuestrados. En 1873, 500 kikapúes se marcharon a la reserva de Kansas y otros 90, aproximadamente, decidieron quedarse en México. Los que se quedaron fueron trasladados a Saltillo y de ahí a Durango, para después, en 1874, 22 familias regresar a repoblar el Nacimiento y continuar defendiendo la frontera.

Las invasiones norteamericanas continuaron sucediéndose en Coahuila y Nuevo León, con la excusa de perseguir a los comanches y lipanes para atacar así el territorio kikapú. Para evitar conflicto con sus vecinos del norte, el gobierno mexicano trasladó a los kikapúes de San Juan Sabinas a Saltillo y de ahí a ciudad de México; algunos fueron enviados a la sierra de Tolimán, en el estado de Querétaro y otros expulsados del país o encarcelados. En 1883 fue cuando se creó la reserva Kikapú de Oklahoma, en Estados Unidos, y en 1890 el congreso aprobó entregar a cada kikapú que se integrara en el territorio 80 acres de tierra, una oferta que no fue del agrado de los kikapúes mexicanos, que de nuevo rechazaban otro ofrecimiento por parte de las autoridades estadounidenses. En 1899 los seminoles reclamaron las tierras comunales recibidas en 1850, lo que aprovecharon los kikapúes, de México y Estados Unidos, para reclamar también los títulos de propiedad de El Nacimiento a Porfirio Díaz, asunto que consiguieron llevar a buen puerto y conseguir así lo que se proponían. En los primeros años del siglo XX, unos 200 kikapúes, se trasladaron a vivir de El Nacimiento a Tamichopa, en el municipio de Baserac, Sonora, a los que se unieron poco después otro grupo procedente de Oklahoma, donde viven actualmente un grupo de unos 130 kikapúes, aproximadamente.

La lengua de este grupo étnico recibe el nombre de su pueblo, Kikapú, y pertenece a la familia algonkiniana, originaria de las tribus que habitan en los Estados Unidos, y es hablada por todos los miembros de la comunidad, junto a un deficiente inglés y español.

Los kikpúes son principalmente cazadores, y de esta actividad se abastecen de carne y pieles. La cacería tiene un carácter ritual y se realiza siempre en grupo y durante todo el año, especialmente en los meses de enero a abril. La actividad agrícola es secundaria, en pequeñas parcelas individuales cultivan trigo, avena, maíz, cebada, frijol y calabaza. También tiene importancia la recolección de nueces y chile kipín o la artesanía elaborada con pieles curtidas de venado.

Las casas de los kikapúes son de dos tipos, las indias y las mexicanas. La casa tradicional india se renueva dos veces al año, en verano e invierno, la primera es de forma rectangular, con paredes de carrizo, techo elíptico de tule y con un anexo en frente. La de invierno, de forma elíptica, tiene estructura de troncos delgados y cubiertos de tule a lo largo formando grandes tapetes. La construcción de las casas se realiza entre todas las familias en un ambiente religioso, los hombres acarrean y recolectan los materiales y las mujeres elaboran los petates o esteras. Las mexicanas son de concreto y lozas y con todos los servicios de la vida moderna.

Kitzihaiata es el dios de los kikapúes, a los que escogió como pueblo para poblar la tierra, debiéndo de cumplir sus mandatos y estar preparados para enfrentar el momento del fin del mundo, que les permitirá ir con él a cazar venados de manera permanente. Las celebraciones siempre van acompañadas de carne de venado y el momento culminante de sus oraciones consiste en el consumo de la lengua de este animal. El venado representa el centro de la vida kikapú.

Guarijíos


Las referencias históricas prehispánicas de los guajrijíos son muy escasas, lo que pone muy difícil precisar su territorio y toponimia original, aunque se considera que coincide con el que han conservado y donde se les puede localizar. De hecho, existen algunas referencias en forma de imágenes rupestres dispersas por la región y que se las atribuyen a sus antepasados en tiempos cuando vivían en cuevas o regiones como La Mesa Matapaco; algunas de estas pinturas rupestres, como las de El Cura, han sido parcialmente destruidas por las corrientes del arroyo. Su historia queda más en referencias de otros grupos con los que están relacionados, como los tarahumaras o los mayos, que en las suyas propias; la cultura guarijía emerge como un vinculo que relaciona a los tarahumaras con los cahítas y tienen una cercana relación con los yoreme-mayo.

Este grupo étnico se autodenominan macurawe o macoragüi, que viene a significar algo así como "los que agarran la tierra" o "los que andan por la tierra"; sin embargo, anteriormente también fueron nombrados por los misioneros jesuitas con otros nombres como ihíos, varohíos, guarojíos y guarijíos, siendo estos dos últimos los únicos que se conservan para referirse a ellos. El primer término, guarojíos, se utiliza para nombrar a los que habitan en el estado de Chihuahua y guarijíos para referirse a los que lo hacen en el de Sonora y que están relacionados con los yoreme. Es principalmente en los municipios de Álamos y Quiriego, en el suroeste del estado de Sonora, colindando con el de Chihuahua, donde se localizan actualmente, en la falda de la mexicana Sierra Madre. Un terreno escabroso y de escasas planicies; por donde cruzan varios arroyos y ríos, como afluentes del río Mayo, entre los que están el arroyo Guajaray y el Mochibampo.

Los primeros datos referentes a la evangelización en la región son hacia 1620, comenzando primero con los chípinas para atraer gradualmente después a los guarijíos. Pero no tardaron en llegar las primeras insurrecciones contra los conquistadores, una docena de años más tarde, en 1632, se inició el levantamiento de los chípinias, guarijíos y guazapares, rebelión originada por el asesinato de dos de los misioneros, fruto del descontento que reinaba entre los indígenas contra los extranjeros. El resultado fue una fuerte represión por parte de los españoles. Lo que ocasionó que los guarijíos se desplazaran a lo que hoy es el Estado de Chihuahua; con el paso del tiempo, algunos de los emigrados, regresaron a sus territorios originales y en cambio otros prefirieron quedarse en la otra parte de la sierra.

Esta división de los guarijíos los dejó en dos grandes núcleos; los de Chihuahua más emparentados lingüísticamente con los tarahumara y los de Sonora con los cahítas, representados por los yoreme mayo. A partir de aquel suceso histórico son pocas las referencias que quedaron de los guarijíos en la región, en lo que influyeron que los desplazados fueran a otros lugares más aislados, por una parte, y por otra el importante desarrollo industrial de la minería y la ganadería, que dieron forma a la ciudad de Álamos. Esta circunstancia provocó que los guarijíos se diluyeran y se confundieran con los mayos. Se les aisló y quedaron fuera del proceso de mestizaje, no se les integró, y como no le reconocieron su identidad propia se creó un espacio que les permitió su sentido de grupo, lo que los mantiene unidos culturalmente en la actualidad. En la historia reciente de los guarijíos confluyen tres elementos fundamentales: la recuperación del territorio, su identidad y la apertura de nuevas alternativas para el desarrollo colectivo.

La lengua de los guarijíos pertenece al grupo nahua-cuitlateco, tronco yuto-nahua de la familia prima-cora. Se le reconocen dos variantes, relacionadas con otros dos grupos étnicos, como son los tarahumaras y los mayo. No obstante, los dos mil guarijíos que hablan su idioma también utilizan el español, a excepción de algunos ancianos que no lo hablan.
Sus viviendas son de adobe, con postes de madera y techos de tierra o palma, con una o dos habitaciones y una enramada anexa, hecha de varas, ramas y palma. Su asentamiento es disperso y sus viviendas suelen encontrarse en grupos de dos o tres casas, especialmente en lo alto de los cerros, cerca de arroyos y pozos de agua.

Su organización social está basada en núcleos familiares, donde comparten las tareas cotidianas. La construcción de las casas es tarea de los hombres, cortan y acarrean los materiales y hacen el adobe. El trabajo agrícola es familiar y el pastoreo de ganado y las actividades de beneficio colectivo se hacen a través de la Asamblea General. La agricultura practicada por los guarijíos es temporal y de autoconsumo, basada en el maíz y el frijol; eventualmente también producen y comercializan ajonjolí y chile chiltepin. Su artesanía es importante para sus economías, con materiales naturales como palma, barro, ramas y fibras, elaboran cestos, petates, sombreros, angarias o angarillas, etc. De interés son sus mascaras en San Bernardo, de pascola y de algunos personajes relacionados con la fiesta de la cava-pizca; de igual manera son vistosos los pájaros y otros animales silvestres hechos con madera de torote, en distintos y bellas combinaciones de colores.

Sus creencias cosmogónicas tienen mucho que ver con los tarahumara y los mayo, y expresan su visión del mundo por tradición oral, con cuentos, leyendas y anécdotas, o con los cantos de la tuguraga. Una de sus leyendas cuenta que una pareja de gigantes se comía a los niños y no dejaban a nadie vivir en paz, una vez los invitaron a comer y les dieron chilicotes y así murieron. Su religiosidad combina los elementos prehispánicos con los católicos.

Cáhitas


Los cáhitas o cahitas habitaron la región conocida como Aridoamérica, en los territorios actuales de los estados mexicanos de Sinaloa y Sonora, en el área de los municipios de Ahome, El Fuerte, Guasave, Sinaloa y parte de Choix, entre los ríos Mocorito y Yaqui. El pueblo cáhita desapareció como tal después de la conquista de México, por la propia guerra y por epidemias, aunque no todos sus componentes desaparecieron, los sobrevivientes se mezclaron con los españoles y algunas de sus localizaciones se convirtieron en las actuales ciudades de hoy en los estados de Sinaloa y Sonora. Su cultura estaba menos desarrollada que otras de la región como los totomares o los tahues, sus ramas eran numerosas y los españoles los identificaban por el lugar donde vivían. Los jesuitas fueron los misioneros evangelizadores y los que dejaron redactado parte de sus costumbres que hoy se conservan, entre las que hay que destacar los nombres con que se les conocen a esas ramas, distinguían las naciones cáhitas según el dialecto que utilizaban, todos pertenecientes a la lengua Yuto-Azteca. Marcaron o señalaron a seis naciones principales por el crecido o cantidad de familias que las formaban, son Sinaloa, Coroni, Zuaque, Tehueco, Mayo y Yaqui, los cuatro primeros habitaron los valles de los ríos Sinaloa y Fuerte, y los dos últimos, los Yaquis y los Mayos, son los únicos pueblos indígenas cáhitas que existen actualmente, en el estado de Sonora y parte del valle del río Fuerte en Sinaloa.

El pueblo cáhita no tenía unos asentamientos definitivos, eran seminómadas y se desplazaban periódicamente por el que ellos reconocían como su territorio. Sin embargo, conocían la agricultura y sembraban en las vegas de los ríos poco antes de las crecientes. Su manera de cultivo era simple y en vez de llevar ellos el agua a los terrenos sembrados lo hacían al contrario, ayudados de un palo o bastón de un metro de largo aproximadamente llamado coa, con punta endurecida por uno de sus extremos y ligeramente aplanado por la otra. Con la punta de la coa hacían un pequeño agujero en la tierra, depositaban la semilla y con el otro extremo la cubrían o rellenaban, después sólo debían de esperar a que las crecidas regaran el sembrado y creciera el fruto. Con este método conseguían recoger dos cosechas al año, las mismas avenidas anuales de los ríos. Sus siembras son las tradicionales de Mesoamérica, maíz, calabaza, y chile, los demás productos necesarios para su alimentación los obtenían de la caza y la pesca. Esto explica en cierto modo su forma de vivir, seminómadas, la recolección agotaba los recursos alimenticios de un lugar y mientras se recuperaba se desplazaban a otro a lo largo de las vegas de los ríos que conocían. No acostumbraban a guardar los frutos de las cosechas, sólo las semillas para la siguiente siembra.

Las viviendas de los cáhitas eran como las de los tahues, chozas de varas, lodo y palma, construidas en sitios seguros, alejadas relativamente de las crecidas de los ríos pero cerca de las sementeras, y cuando emigraban a otro lugar de su territorio no les suponían un problema, pues los cáhitas no disponían de muchos objetos para transportar, sólo los necesarios, y las chozas las construían de nuevo. Los utensilios más comunes los fabricaban de cerámica, burda y tosca, nada que ver con el refinamiento relativo de totomares y tahues. Por lo general el hombre iba desnudo, en cambio las mujeres vestían un tipo de falda, pero también hacían mantas para cubrirse, hilaban y tejían el algodón que crecía silvestre en la región. Los cáhitas eran un pueblo guerrero y su rasgo cultural más acentuado es precisamente éste, la belicosidad. La invasión de su territorio o algún agravio cometido por otros pueblos hacia el suyo eran los motivos más comunes por los que se levantaban en armas, el arco y la macana; las flechas las fabricaban con la punta endurecida al fuego y empoñozada con un veneno capaz de matar a la persona herida. Se pintaban el rostro y el cuerpo, se ataviaban con plumas y conchas y a la hora de entrar en combate rompían en alaridos, talvez tratando de intimidar al enemigo y en cierto modo también por las bebidas embriagantes que ingerían en la ceremonia religiosa que celebraban, donde también fumaban tabaco y danzaban, y se pronunciaban largos discursos a favor o en contra de la guerra propuesta. Esta ceremonia se celebraba después de que los varones adultos del grupo decidieran iniciar la guerra, reunieran a la población y, ante ésta, el consejo de los viejos y más experimentados hablara. Las victorias militares se celebraban con otra gran fiesta religiosa, en la que se comía ritualmente el cuerpo de uno de los enemigos derrotados, especialmente el más distinguido por su bravura en el combate.

Las creencias religiosas de los cáhitas se basaban en un ser superior y personalizaban las fuerzas naturales, la tierra, el agua, el rayo, el mar... a los que ofrendaban pidiendo buenas cosechas, copiosa recolección de frutos de la tierra y pesca abundante. No construían centros ceremoniales ni sus ceremonias de culto fueron complicadas, no obstante, si practicaban sacrificios rituales, especialmente en el juego de la muerte o juego del Ulama, que se jugaba con la cadera y los ganadores eran sacrificados ritualmente. El hechicero o curandero ocupaba un papel importante dentro del grupo, conocedor y administrador de todos los remedios curativos medicinales que practicaban y siempre iban rodeados de ritos religiosos, tenían tanto prestigio que frecuentemente actuaban como lideres políticos. Su organización social era sencilla, sin ningún líder reconocido en la comunidad, pues el grupo era un conglomerado de familias unidas por parentesco. Existía la poligamia, pero por lo general el matrimonio era monógamo, aunque se disolvía con cierta facilidad.









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