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Capitalismo y escalvitud


El historiador de la Universidad de Harvard Walter Johnson es el autor de un reciente y aclamado libro, River of Dark Dreams: Slavery and Empire in the Cotton Kingdom [El río de los sueños oscuros: esclavitud e imperio en el Reino del Algodón], una formidable investigación que para muchos ha cambiado radicalmente nuestra forma de entender el origen, la dinámica y la evolución del capitalismo contemporáneo. El texto que a continuación se reproduce es la versión castellana de un breve artículo publicado por el Johnson en el New York Times en el que se resume el núcleo de sus descubrimientos.
En marzo de 2013, los investigadores del University College de Londres hicieron pública una base de datos que describe con iluminador detalle uno de los mayores rescates públicos de la historia moderna. En 1833, Gran Bretaña pagó 20 millones de libras esterlinas para compensar a los 3000 propietarios esclavistas caribeños por la emancipación de sus esclavos. Los pagos representaban el 40% de todo el gasto público de ese año. La discusión sobre la base de datos en Gran Bretaña se centró en los receptores de esas reparaciones a los esclavistas, entre ellos los ancestros de George Orwell, Graham Greene y David Cameron.
Aparte de unos cuantos cientos de esclavistas del Distrito de Columbia, nadie en los EEUU recibió compensaciones por la pérdida de su propiedad humana. De acuerdo con Abraham Lincoln, al menos, el coste de la emancipación en los EEUU se pagó con sangre. En su Segundo Discurso Inaugural, Lincoln declaró temer que Dios deseara la continuación de la guerra “hasta que todas y cada una de las gotas de sangre arrancadas por el látigo hayan sido reparadas con otras tantas gotas arrancadas por la espada”.
Ese pago, con sangre y con dinero del tesoro, del valor de los esclavos plantea una cuestión tan importante como frecuentemente desatendida: ¿cuál fue el papel de la esclavitud en el desarrollo económico de Norteamérica?
La respuesta más común a esa cuestión es: no mucho. Para la mayoría de los historiadores, el triunfo de la libertad y el nacimiento del capitalismo parecen ser una y la misma cosa. La victoria del Norte sobre el Sur en la Guerra Civil representaría la victoria del capitalismo sobre la esclavitud, del futuro sobre el pasado, de la fábrica sobre la plantación. Lo cierto, sin embargo, es que años antes de la Guerra Civil no había capitalismo sin esclavitud. En muchos sentidos, se trataba de una y la misma cosa.
A finales del siglo XVIII, la esclavitud en los EEUU era una institución en declive. Los plantadores de tabaco en Virginia y Maryland había agotado su tierra y se estaban pasando al trigo. El trabajo asalariado estaba reemplazando cada vez más al trabajo esclavo, tanto en las zonas urbanas como en las zonas rurales del alto Sur.
Y entonces llegó el algodón.
La primera parte de esta historia es harto conocida: la invención de la rueca algodonera hacia 1790 y el correspondiente incremento de la capacidad industrial en Gran Bretaña y en el Norte urbano posibilitó el cultivo rentable de algodón en una vasta región del bajo Sur que se extendía entre Carolina del Sur y la Louisiana: el llamado “Reino del Algodón”.
Entre 1803 y 1838, los EEUU, celebérrimamente personificados por Andrew Jackson, libraron una guerra de varios frentes en el Sur profundo. Durante esos años, los EEUU suprimieron las revueltas de esclavos y pacificaron a los blancos todavía leales a las potencias europeas que otrora controlaran la región. Hacia finales de la década de los 30 del XIX, los semínolas, los creeks, los chikasaws, los choctaws y los cheroquis habían sido todos “removidos” de sus territorios al oeste del Misisipi. Sus tierras expropiadas sentaron las bases del sector dirigente de la economía global en la primera mitad del siglo XIX.
En la década de los 30, centenares de millones de acres de tierra conquistada fueron inventariados y puestos en venta por los Estados Unidos. Esa vasta privatización del dominio público desencadenó uno de los mayores booms económicos registrados hasta entonces en la historia mundial. Capitales de inversión procedentes de Gran Bretaña, el continente europeo y los estados del Norte fluyeron masivamente hacia el mercado de tierras. “Empujados por este estimulante proceso, los precios subieron como el humo”, dejó escrito el periodista Joseph Baldwin en sus memorias, The Flush Times of Alabama and Mississippi.
Sin esclavitud, empero, los mapas del inventario de la General Land Office (Agencia General de Tierras) no habrían pasado de un imposible plan de ciencia ficción para la sociedad. Entre 1820 y 1860, más de un millón de personas esclavizadas fueron trasladadas del alto al bajo Sur, la gran mayoría de ellas por tratantes de esclavos en guisa de inversores capitalistas de riesgo a los que los esclavos llamaban “conductores de almas”. La primera oleada se dedicó a labores de desmonte y desbroce de la región para el cultivo. “Bosques enteros fueron talados y desarraigados”, recordaba el antiguo esclavo John Parker en Su tierra prometida. Los que vinieron luego plantaron los campos del algodón al que en lo sucesivo tendrían que cuidar, recoger, embalar y embarcar: “de sol a sol”, cada día, hasta el final de sus días.
El 85% del algodón recogido por los esclavos del Sur se embarcaba hacia la Gran Bretaña. Los molinos que vinieron a simbolizar la Revolución Industrial y los campos saturados de esclavos del Sur estaban en una relación de mutua dependencia. Cada año, los bancos comerciales británicos avanzaban millones de libras esterlinas a los propietarios de las plantaciones esclavistas en anticipación de la venta de la cosecha algodonera. Esos propietarios compraban entonces con ese crédito en libras esterlinas los bienes que iban a necesitar a lo largo del año, muchos de ellos producidos en el Norte. “Desde el sonajero con que la nodriza acaricia los oídos del pequeño nacido en el Sur, hasta el sudario que cubre los fríos despojos del muerto, todo nos viene del Norte”, dejó dicho un sureño.
En la medida en que los sureños se abastecían a sí mismos (y en harta más modesta medida, a sus esclavos) con productos del Norte, el crédito originariamente avanzado a cuenta de la cosecha de algodón se abría paso hacia el Norte, yendo a parar a manos de los comerciantes de Nueva York y de Nueva Inglaterra, que lo usaban para adquirir bienes británicos. Así, las tierras indias, el trabajo afro-americano, las finanzas atlánticas y la industria británica terminaron fraguando la dominación racial, el beneficio y el desarrollo económico a una escala nacional y global.
Cuando la cosecha del algodón era escasa y las ventas no conseguían reunir el dinero necesario para devolver los empréstitos, los propietarios de plantaciones se encontraban endeudados con los comerciantes y con los banqueros. Se vendían esclavos para hacer frente a la diferencia. La movilidad y fácil alienabilidad de los esclavos significaba que éstos funcionaban como una suerte de colateral para la economía de crédito y algodón del siglo XIX.
No es simplemente que el trabajo de las personas esclavizadas avalara financieramente al capitalismo del siglo XIX. Es que las personas esclavizadas eran el capital: cuatro millones de personas con un valor de, por lo menos, 3 mil millones de dólares de 1860, lo que era más que la suma de todo el capital invertido en ferrocarriles y fábricas en los EEUU. Vistas las cosas bajo esa luz, la distinción convencional entre esclavitud y capitalismo se diluye hasta quedar en un sinsentido.
Nos hemos acostumbrado a reducir el legado de la esclavitud en los EEUU a la desventaja negra. Pero la constatable centralidad de la esclavitud para el desarrollo histórico de la nación sugiere otra cosa muy distinta: cualquier cálculo de la deuda insatisfecha contraída por la nación a cuenta de la esclavitud tiene que incluir una medida de la riqueza que generó; sus ventajas, y no sólo sus desventajas. Porque los EEUU, como escribió W. E. B. Du Bois, “se levantaron sobre un gemido”.
Walter Johnson es profesor de Historia y de Estudios Africanos y Afro-Americanos en Harvard. Es autor de un aclamado libro reciente: River of Dark Dreams: Slavery and Empire in the Cotton Kingdom [El río de los sueños oscuros: esclavitud e imperio en el Reino del Algodón, 2013], una formidable investigación que para muchos ha cambiado radicalmente nuestra forma de entender el origen, la dinámica y la evolución del capitalismo contemporáneo.
Traducción para http://www.sinpermiso.info: Miguel de Puñoenrostro

Exportaciones, paraísos fiscales y conflictos por las desiguladades en China


El mes pasado se anunció que Chi­na se había convertido en 2013 en la primera potencia comercial del mundo, algo que ha vuelto a extender las especulaciones sobre cuándo se convertirá en la primera economía mundial. Por otro lado, hace apenas dos semanas varios periódicos internacionales revelaban una intensa actividad de parientes de dirigentes del Partido Comunista Chino (PCCh) en paraísos fiscales. No obstante, aunque relevantes, estas noticias no son sino el aspecto más mediático de las contradicciones del proceso chino de transformación.
China ha construido su éxito económico sobre la expansión de las desigualdades. La limitación del incremento de los precios agrícolas ha provocado uncontinuo proceso de migración campo-ciudad. Esta migración ha nutrido de fuerza de trabajo a las fábricas de la industria exportadora. Sin embargo, al no poder acceder a un permiso de residencia urbano, los migrantes rurales se han encontrado sin derechos dentro de su propio país. La presión que esto ha generado sobre los salarios ha permitido inundar el mercado mundial de productos made in China. 

A pesar del discurso de conflicto con Estados Unidos, este modelo de crecimiento se ha estructurado en simbiosis con la economía norteamericana: mientras ésta se convertía en el principal mercado de las exportaciones chinas (sólo superado por la UE, tomada en su conjunto), el Ban­co Central de China ha ayudado a financiar los “déficit gemelos” (fiscal y externo) de EE UU mediante continuas compras de bonos del Tesoro. 

Aunque esto ha permitido a la economía china crecer como lo ha hecho, también ha generado un profundo incremento de las desigualdades sociales. El 10% de las familias urbanas más ricas ha pasado a acaparar más de un cuarto de la renta disponible generada. La corrupción es un fenómeno generalizado. No obstante, un enriquecimiento como ése no puede explicarse sólo por ella. Por el contrario, la fuente principal de la que ha bebido es la extracción de beneficios por parte de las empresas chinas.  La élite política que pone la riqueza familiar a salvo en paraísos fiscales es únicamente la cara visible de una burguesía de la que ha pasado a formar parte, pero de la que en absoluto es su miembro principal. No en vano, es probable que la publicación de los denominados “China­leaks” vaya a tener más impacto externo que interno. No sólo debido a la censura informativa que reina en China, sino también a que la corrupción que percibe la población es la más cercana; entre otra, la de los dirigentes locales que expropian, en beneficio de alguna compañía local, tierras públicas explotadas en usufructo por familias campesinas. 

Protestas populares

Frente a estas prácticas se han producido importantes protestas populares, como las que se desarrollaron en Wukan, en la provincia de Guang­dong, a finales de 2011. No obstante, la gestión de las protestas llevada a cabo por el PCCh, basada en el consentimiento de las que surgen espontáneamente, la represión de cualquier atisbo de organización política que pretenda ir más allá de ellas y la destitución de algunos de esos dirigentes corruptos, se ha demostrado hasta ahora capaz de evitar un cuestionamiento generalizado de la legitimidad del poder del Partido.
Los cambios en su cúpula que se han producido en los dos últimos años parecen señalar hacia una continuidad con esas políticas. Xi Jin­ping impulsó nada más acceder al cargo de secretario general una campaña de lucha contra la corrupción dentro del PCCh. Al mismo tiempo, el Comité Central del Par­tido autorizó en su III Sesión Ple­naria la creación de un Comité de Seguridad Estatal a través del cual se quieren coordinar las medidas de represión y control social. En esa misma sesión, también se aprobó conferir un rol “decisivo” al mercado dentro de la economía china, que aún se encuentra parcialmente controlada por el Es­tado. Esta medida, cuyo principal objetivo va a ser la puesta en marcha de una liberalización financiera, amenaza con volver a incrementar la desigualdad interna. Abrir nuevos ámbitos de negocio para el capital parece la única vía que tiene China para sortear la crisis. No obstante, si quiere evitar un incremento de la inestabilidad social, el Gobierno del PCCh deberá retomar las medidas redistributivas que durante los últimos meses parece haber dejado de lado.

En ese caso, la única manera de que esas medidas no cuestionen los intereses de la burguesía china será tratar de “externalizar” el conflicto distributivo interno tratando de acaparar los mercados de materias primas, deslocalizar fábricas y empezar a competir en sectores de alta tecnología. Si esto acaba siendo así, la batalla contable sobre cuál es la primera economía del mundo podría llegar a convertirse en un conflicto real entre China y EE UU. Por el momento, la relación entre ellos sigue estable a pesar de las filtraciones de los medios internacionales.

Represión del Gobierno chino contra los uigures

La mano dura de Pekín contra los separatistas uigures cobra fuerza. El 14 de enero fue detenido en su domicilio el intelectual Ilham Tohti. En noviembre, el intelectual denunció un ataque en Pekín de un grupo de policías en represalia por sus declaraciones a medios de comunicación internacionales sobre el atentado ocurrido en octubre en Tiananmen, en el que murieron cinco personas. Según líderes de la comunidad uigur en el exilio, en una de las protestas de jóvenes de la etnia musulmana uigur en 2009, más de 10.000 uigures desaparecieron, aunque el Gobierno sólo reconoce 200 desaparecidos. Fuente: Diagonal