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Juan Carlos Gené: El teatro siempre sobrevive

Resulta imposible sintetizar los pasos de su prolífica carrera; sólo basta considerar que el actor, dramaturgo, director y docente teatral es reconocido en Argentina e Iberoamérica por su inagotable talento. A pesar de su exilio durante la última dictadura, fue capaz tanto antes como después de dejar su huella en televisión y cine. Mientras, sigue pisando firme el escenario –“ese hecho superlativo de vida”, como le gusta definir- sin que sus 81 años lo impidan. Sólo por mencionar algunos trabajos: dirigió Canal 7, presidió la Asociación Argentina de Actores, fue guionista de "Gracias por el fuego" y de "La Raulito"; actuó en clásicos nacionales como "La Fiaca" y "Tute Cabrero" y, hasta hace unos días, en "Minetti", en el CELCIT, centro que él mismo preside y donde este año estrenará una versión de "Bodas de sangre". Café mediante, la charla de Mapa del Teatro con un referente indiscutido de las artes escénicas.

- No hay duda de que el teatro es su vida. ¿Ha sido siempre así?

- La máxima felicidad que conozco es el teatro. Siempre me he considerado un privilegiado porque, no de niño sino de joven, supe claramente qué era lo que quería. En el tiempo anterior a mi exilio el país era una ola que a uno lo llevaba, todo costaba mucho menos esfuerzo que ahora, se era joven con más facilidad.

- ¿Con más facilidad?

- Sí. Veo lo que a la juventud le cuesta hoy hacer las cosas y me sorprendo de la enorme diferencia de este país hoy como tejido social que sostiene. Con el proceso militar hubo un corte en toda la sociedad argentina que nunca se recuperó. Fue el origen de la desaparición de una gran cantidad de teatros en Buenos Aires. La clase media dejó de necesitar agruparse para reflexionar juntos, que era la función del teatro hasta entonces.

- ¿Cambió ese rol social?

- Desde el punto de vista del espectador no cambió el fenómeno como ritual social vivo: más allá de cuánto público va al teatro éste es un momento de gran desarrollo estético. Aunque es curioso que el espectador vaya con más facilidad al cine o a mirar televisión, como algo intrascendente, e ir al teatro le signifique mucho más. Porque está frente al hecho vivo y eso le impone una serie de normas, entonces necesita mucha seguridad sobre lo que se le ofrece porque tiene mucho miedo de perder su dinero y su noche.

- ¿Qué lugar ocupa el teatro hoy?

- Si lo pensamos como fenómeno universal, tan antiguo como la cultura misma, creo que está viviendo una de sus épocas más brillantes. Porque a lo largo de la segunda mitad del siglo XX y lo que llevamos del XXI, los medios masivos de comunicación han arrinconado al teatro en lo que tiene de específico y de absolutamente insustituible. Ya no es masivo como a fines del siglo XIX, cuando ni los grandes espectáculos deportivos existían. Ese teatro soñado donde la materia humana y la orgánica e inorgánica se unen en un recitado que desborda vida se ha dado en los últimos 50 años, aproximadamente.

- ¿Y el teatro en nuestro país?

- Argentina tiene un movimiento teatral muy impresionante, sobre todo si nos ponemos al nivel de un país subdesarrollado de América Latina con enormes desequilibrios económicos, sociales, demográficos, culturales. Y Buenos Aires tiene una oferta teatral absolutamente desproporcionada como ciudad en relación al país. Aquí, un adicto al teatro puede ver todo lo imaginable, desde lo más refinado, lo más vanguardista, lo más comercial hasta lo más vulgar, chabacano y hasta obsceno.

- ¿Cómo seguirá este fenómeno?

- Lo único que sé es que sean las que fueren las circunstancias, el teatro siempre sobrevive. Frente a esos anuncios apocalípticos sobre el fin del teatro, el fin de la pintura o la escritura, el teatro demuestra ser en toda circunstancia un equivalente de la vida social: donde hay vida social hay teatro. La necesidad de estar presente en ese hecho superlativo de vida que es el escenario, cuando lo que pasa ahí importa, yo creo que está y siempre va a estar.

Daniela Barrera

Mapa del Teatro

Fuente: Celcit

Claudio Tolcachir: Yendo del off a Corrientes

Foto: GERMAN GARCIA ADRASTI

Dirige "Agosto" y "Todos eran mis hijos". También inaugura nueva sala en el barrio de Boedo.

Por: Camilo Sánchez

El grupo de Timbre 4 funciona con mucho deseo por la felicidad del otro. Queremos que le vaya bien al otro. Estar juntos y que nos realicemos, dentro y fuera de Timbre 4. Nos enseñamos a no creernos ninguna cosa, ni a entrar en la tristeza si algo no nos sale bien.

Lo que me salva es considerarme en estado de aprendizaje siempre. Cuando me llaman del teatro comercial, lo que pienso es en la posibilidad de trabajar con gente que me genera admiración: Llinás, Aleandro, Morán, Capello, Tenuta. El gusto de trabajar con ellos. Eso facilita las cosas.

La incertidumbre de este trabajo no se te va nunca. Pero estoy atravesando ahora una etapa de felicidad sin miedo.Cuando se trabaja con gente querida, se aplaca el fantasma de cómo te va a ir, porque uno ya es feliz trabajando con quienes ha elegido. Eso alivia el trayecto.

Extraño mucho la actuación. Más que trabajar, lo que extraño es el proceso de crecimiento que me significaba la actuación. Lo que aprendí cuando me dirigió Veronese.

Ante los grandes actores que me tocó dirigir, no podía pensar en la tontería de demostrar lo que sabía. Igual, me encontré con personas con tanta historia que frente a un muchacho de 35 estaban dispuestas a escuchar. Ahí te das cuenta por qué sus cabezas son grandes.

Una cosa grupal muy grande fue el momento en que Los Coleman pisamos España juntos. No se pensaba en términos de éxito: estábamos pisando España juntos.

Es raro una vocación que después te permite pagar la luz y el gas, con algo que uno hace por las mismas razones que el primer día: porque te gustaba jugar.

Lo colectivo del teatro es imporante, al entender que todos formamos parte del engranaje, se aprende mucho de la vida. Susana y su hija Emilia limpian el teatro, por ejemplo. Es un trabajo enorme, y lo hacen con mucha entrega, porque además aman el lugar y ven las obras varias veces. "Cuando vi los Coleman entendí algunas cosas de mi vida", me dijo Susana. Eso vale mucho.

El teatro es una respuesta al vacío. Cuando me llega una obra del circuito comercial la leo con mi grupo: ahí se me ocurren cosas. Escuchar las voces de una obra abre compuertas. Con algunos de Timbre 4 venimos de los 14 años, del secundario y del estudio de Alejandra Boero. Estuvieron cuando quise empezar a dirigir, siempre tuve la respuesta de dale, qué querés hacer. Y después, cuando escribí, lo mismo, algo va a salir. Sin ellos no hubiera escrito, ni dirigido, ni habría tenido esta sala.

Con lejandra Boero, mientras se jugaba el Mundial y había cuatro personas en la sala escuché por primera vez eso de La función es sagrada.

Cuando empiezan los ensayos, está claro que el actor y el director quieren lo mismo: que el actor esté bien. Si el actor se siente cuidado, le sale lo mejor. Porque está muerto de miedo. En el fondo, pueden parecer que no escuchen o sean soberbios: pero es pura defensa.

De Norma Aleandro, Alejandra Boero, Juan Carlos Gené o Daniel Veronese, de todos mis maestros, lo que aprendí no es lo que decían sino la manera de mirar.

En cada crisis personal salí bien. No tenía trabajo como actor: me puse a dirigir. No tenía obra: me puse a hacer una. Quizá eso haya ocurrido con el país que genera tanto fervor teatral. Una manera de responder al sin futuro.

Tuve experiencias como actor: buenas y malas. Y de las malas, aprendés mucho. Cuando te sentís muy solo y te decís: esto no se lo quiero dar a nadie. Antes era mucho más malhumorado. Como director es fácil enojarte, pero hay que buscar otro camino, porque el actor quiere lo mejor, y no le sale.

Hay un punto en que siempre están mal mis obras. A veces veo sólo los errores.

Tanto en Timbre 4 como en el circuito comercial me interesa llegar a la noche del estreno con la sensación de presentar un trabajo grupal. Cuando se logra el sentimiento de que la obra es de todos, y que todos, escenógrafos, actores, técnicos, estamos poniendo el pecho a las balas, a lo que venga: ahí sentís que lograste algo interesante. El resultado, siempre, es otra cosa.

Fuente: Clarín